24 de mayo del año 2000. Stade de France. Minuto 75. Final de la Liga de Campeones entre Real Madrid y Valencia. Raúl González regatea a Cañizares tras una jugada en solitario para sentenciar el partido en lo que sería la Octava Copa de Europa para el conjunto merengue. De una manera u otra, igual que con la Séptima, el `7´del Real Madrid abrió un camino para un equipo que había perdido su inercia ganadora en la que probablemente sea su competición fetiche. 20 años después el desafío es diferente, pero con otro camino también por abrir. Porque si algo le caracteriza a Raúl es su capacidad de adaptarse a nuevos retos.
Ya lo hizo la pasada temporada, cuando tuvo que enfrentarse a su primer gran envite al asumir las riendas del Juvenil B, tras la salida de Álvaro Benito. Y su rendimiento en el banquillo fue excelente. Campeón en el grupo 12 de Liga Nacional Juvenil y, además, campeón del MIC Football. Todo, con la generación del año 2001. El reencuentro llegó este mes de agosto para alcanzar la cima más grande del fútbol internacional juvenil.
Su capacidad de adaptación ha quedado aún más plasmada en esta Final Eight de Nyon. Roles establecidos, una dirección de partidos y capacidad de toma de decisiones que ha ayudado a que el Real Madrid alcance por primera vez en su historia la gran final. El gran ambiente es más que patente en un grupo que ha demostrado una gran ambición.
Pero no se puede olvidar a la otra parte de este binomio. Porque gran parte de este hito histórico corresponde a la figura de Dani Poyatos, quien fue el último encargado de trabajar en esa transición al fútbol profesional. Un trotamundos del fútbol que, con trabajo y grandes resultados a nivel formativo, le llegó la oportunidad de entrenar la nave blanca, a uno de los equipos más difíciles de La Fábrica. Si bien el primer año no fue el esperado en lo que resultados se refiere, el juego desplegado por los merengues era más que notable. Un aguacero en Hoffenheim le privó del gran sueño europeo.
Aun así, los errores del pasado fueron un gran aprendizaje para un entrenador que cabalgó con puño de hierro a un equipo que en División de Honor se mostró más sólido que nunca. Y que, además, le imprimió carácter. Puede que aquel 26 de noviembre, en aquella remontada contra el PSG en fase de grupos, hubiese un punto de inflexión. Desde entonces, el equipo vio posible el sueño que jugadores como Óscar Rodríguez, Achraf Hakimi o Borja Mayoral no lograron.
Mañana el Real Madrid enfrenta al Benfica en el partido más importante de la historia de la disciplina juvenil. El culmen a un proyecto que en los últimos años dos entrenadores han llevado a lo más alto. Uno desde el banquillo. El otro desde Grecia. Pero sin duda, gran parte del triunfo corresponde a ellos.











