Vaya por delante que tiene que ser difícil. Un marronazo, quilombo, problemón. Y más en los tiempos que corren. Pero, vaya, que a un servidor le resulta difícil entender cómo la RFEF puede decidir (quiero pensar que no a la ligera) suspender la Copa del Rey.

No duele por el simple hecho de perder la oportunidad de ver y disfrutar un torneo precioso. Por un formato nuevo (a mi parecer, acertado), por el morbo de ver equipos rompiendo pronósticos y entrando en la competición. Aún así, nada de nada. Los parones, los partidos aplazados de los miércoles (o de los lunes, martes y jueves, puestos a pedir) que se juntan con el fin de semana. Ya les adelanto que algunos clubes que la jugarían han sufrido de lo lindo para alcanzar ese premio.

Porque lo de los horarios es otra cosa. A nosotros, los periodistas, ya nos cuesta ubicar los partidos de los equipos. Imagínense a los jugadores. 9 partidos en menos de un mes. 3 en una semana. Sorprenden las pocas lesiones que han sufrido los jugadores, que se han metido buen tute de partidos sin descanso previo suficiente en algunos casos.

O, bueno, mejor que le explique la RFEF a esos equipos como ahora otros tendrán un mes para recuperar los aplazados que les quedan. Sólo jugando una vez entre semana, cada domingo. Unos, los miércoles y domingos por obligación. Otros, sólo el fin de semana. Inexplicable.

Por cierto, la final de la Copa de Campeones se jugará el 27 de junio. Teniendo en cuenta las altas temperaturas, que se juntará, con la Eurocopa de por medio, la verdad es que mediáticamente no es lo mejor tampoco. Si es que se juega. Porque una fecha tan lejana suena poco convincente. Ojalá me equivoque.