Nadie dijo que llegar a la final de un torneo fuese fácil. Seguir compitiendo el 23 de junio, con casi un año de fatiga en las piernas, y después de haber sido campeón de la liga regular por delante de gigantes como Valencia o Levante, ya tiene un mérito muy reconocible. El palmarés aumenta si a esto añades que sólo has caído en la competición de campeones, sin haber perdido un encuentro, en el último instante del último penalti.

Si, además, el azar tampoco acompaña y el bombo ha sido caprichoso contigo, todo ello genera un caldo de cultivo en el que la combinación resultante puede ser fatídica: te juegas el pase a la última ronda de la Copa de SM el Rey, a doble partido, con la vuelta fuera de casa, y contra un Real Madrid con la sensación de que esta competición es el salvoconducto que necesitan para maquillar su año.

Esta ha sido, a grandes rasgos, la temporada 2018/2019 del juvenil A del Villarreal CF. Los de Miguel Ángel Tena, conscientes de que las historias tan dramáticas solo acaban bien en las películas, dejaron la mitad de los deberes hechos en el partido de ida, donde con un juego bastante vistoso, se trajeron de Castellón un gol a favor y lo que es más importante: la portería a cero.

Carlos García

El escenario que tenían por delante no era tarea fácil, y pronto empezarían a remar a la contra, ya que en el minuto 2 de partido, un gran pase del internacional, Antonio Blanco, a la espalda del lateral izquierdo, Dani Tasende, encontró en Marvin a su receptor. Este, con una buena finta doblegó al portero amarillo, Filip Jorgensen, obligándole a cometer penalti, y Miguel Baeza materializaría con una buena ejecución la pena máxima que le daba al Real Madrid la tranquilidad de saber que el objetivo estaba cumplido nada más empezar el encuentro.

La banda derecha merengue sería un filón durante este primer acto, que se encargó de explotar a la perfección Marvin, buscando continuamente jugar las superioridades en esta zona del campo junto con Álex. La intención de los blancos era clara: atraer con largas posesiones en el carril izquierdo para distraer a los jugadores del Villarreal, hipnotizados por el cuero, e imprimirle un par de marchas más al ritmo del juego cuando encontraran un efectivo que posibilitara el realizar cambios de orientación hacia la banda derecha. Del resto, se encargaba la verticalidad y el desborde de Marvin. Y le salió bien el plan a los locales, que tuvieron bastantes acercamientos finalizados en centros con mucho peligro, generando indecisiones en la zaga visitante.

En el minuto 20 llegaría el segundo aviso serio, cuando César Gelabert recibió en la zona de mediaspuntas y desde el balcón del área estrelló un balón en el poste derecho de Jorgensen. El Villarreal solo podía agarrarse a sufrir, y los futbolistas castellonenses ni siquiera eran capaces de achicar toda el agua que entraba por las numerosas fugas del submarino. Así, en el minuto 25, se invirtieron los papeles en el ataque blanco. Esta vez, la recuperación en una zona avanzada fue de Marvin, y el balón acabó en el flanco izquierdo tras la subida de Miguel Gutiérrez. El lateral, que actuó más de extremo en este inicio de partido, controló el esférico e inició una conducción hacia el interior del área que terminó rematando con la puntera. El balón salió tan rápido por este recurso que no dio tiempo a reaccionar al guardameta visitante. El 2-0 subía al marcador y lo que era más importante, la sensación de impotencia llegaba para quedarse el Villarreal.

 

Los ‘groguets’ eran incapaces de mantener la posesión del balón, el cual perdían a los pocos segundos de hacerse con él. El ambiente y la puesta en escena del plan de partido de los blancos estaba saliendo a la perfección. La presión asfixiante del Real Madrid había conseguido dejar estéril al Villarreal y destruir su identidad. De una forma totalmente intencionada, el líder de esta reacción, Dani Poyatos, proyectaba mensajes hacia sus futbolistas para mantener la tensión de estos, porque era consciente de que tenían al rival contra las cuerdas, y no quería dejarlo resurgir. En el otro extremo se encontraba Miguel Ángel Tena. El míster visitante se desesperaba con sus jugadores y con el árbitro, en una frustración propia del que sabe que está siendo superado y lo paga con el primero que pasa por su lado.

Los visitantes apenas se exhibieron en ataque, y solo tuvieron dos ocasiones en esta primera parte, a través de un disparo de Iván Morante desde el centro del campo que a punto estuvo de sorprender a Altube, y un tiro de Arana antes del descanso que se marchó desviado. Por su parte, el Real Madrid continuó con el asedio, pero lo único que hicieron mal en estos primeros 45 minutos -la toma de decisiones tras robos en zonas próximas a la portería rival- no les permitió incrementar la brecha en el marcador y fue lo que acabó condenándoles a la postre.

Tras la reanudación, los visitantes salieron con otra cara al partido. Los cambios introducidos antes del descanso, y la charla del entretiempo dieron oxígeno al Villarreal. La mejor noticia para ellos es que después de aguantar el chaparrón de la primera mitad, no debían realizar una gesta, porque un gol les metía en la final, así que en el inicio del segundo tiempo los visitantes empezaron a ser fieles a su estilo. El balón ya no les quemaba en los pies y la precipitación y los nervios del principio disminuyeron, reduciéndose el número de pérdidas y permitiendo que estos se asentaran en el terreno de juego. Dos balones parados en 56 y en el 60 obligaron al meta local, Altube, a realizar sus primeras intervenciones. Pero lo más significativo no fue la peligrosidad de las ocasiones, sino el poso que dejaron estas en el estado de ánimo del colectivo. La impresión de ver que eran capaces de acercarse hasta allí. Lo importante era ser conscientes de que habían despertado, y que estaban a tiempo de conseguirlo. Fue un golpe más psicológico que práctico.

En el minuto 66, llegó la jugada que supondría el punto de inflexión del encuentro. Moha lanzó una falta por encima de la barrera, y su disparo se estrelló en el larguero de la portería de Jorgensen. El 3-0 hubiera supuesto un resultado muy difícil de remontar, por el impacto generado para el Villarreal de encajar un gol cuando mejor estaba, y porque necesitaría dos más para pasar. No fue así, y tres minutos más tarde Fernando Niño recogería un balón suelto en las inmediaciones del área merengue para probar fortuna. Lo hizo, y esta le sonrió, ya que su disparo raso acabó colándose entre los guantes de Altube para introducirse lentamente en las mallas de su portería. Se desataba la locura en el bando amarillo, que celebró el gol como si fuera un título, y no era para menos. La psicología del fútbol hizo que, de repente, los jugadores del Villarreal se olvidaran de que llevaban prácticamente un año compitiendo y el tanto cargó de gasolina sus piernas para hacerles llegar a todas las acciones.

Siguieron intentándolo los locales, pero el 1-4-4-2 tan ordenado en el que se dispusieron los de Tena no se vio apenas inquietado. La entrada de Gonzaga estiró al Villarreal, e hizo que pudiera replegarse, esperar y buscar situaciones en las que pudiera explotar la velocidad del punta amarillo para aprovechar los espacios que dejaba un Real Madrid volcado al ataque, en busca del gol que les permitiera pasar de ronda. No pasaron grandes cosas a partir de aquí, lo que interesaba a los ‘groguets’ y desesperaba a los merengues. Consecuencia de esto es que en el minuto 90, el capitán, Antonio Blanco, que estaba realizando un magnífico partido, fuera expulsado tras revolverse en una tangana que lo único que hacía era permitirle ganar tiempo y recobrar fuerzas al más interesado, el Villarreal. Para acabar, con cuatro minutos pasados sobre el tiempo reglamentario, un contraataque de los visitantes terminó con Gonzaga poniendo la sentencia a la eliminatoria tras empujar a placer un buen servicio desde la izquierda. El éxtasis invadió al banquillo y jugadores visitantes, conocedores de lo que habían sufrido hasta estar celebrando ese gol. El gol de la temporada.

El Villarreal encontró el premio a su sacrificio y a la capacidad de saber sufrir en los momentos más difíciles, con un doble botín en su haber: clasificarse para la gran final de la Copa de SM el Rey que se disputará el próximo sábado, en el estadio municipal Antonio Peroles, en Roquetas de Mar (Almería), y poder entrar en la historia del club, ya que nadie había conseguido desde su existencia obtener el campeonato de Liga y clasificarse para las finales de la Copa de Campeones y la Copa del Rey en el mismo año.